Praying Hands - Phil Warren
Cheryl
Conocí a Cheryl aquella noche en la que llegué a la granja, yo aún estaba sentado en la parte trasera de la furgoneta cuando se materializó a mi lado y apenas susurró un leve, levísimo hola. Vestía tejanos oscuros, camisa de algodón manga larga y mantenía siempre la cabeza baja y la mirada perdida tras unas grandes gafas plateadas. Recuerdo que lo primero que le pregunté fue un «Así que eres de Australia ¿no?» a lo que me contestó con un rotundo y seco «sí». Esperaba algo más de alguien a quien acababa de conocer pero lo dejé ahí, había algo en la voz de Cheryl, esa voz cansada, gutural y ronca, que quería decir suficiente.
Nos dirigíamos a ritmo lento entre la noche austral. «Es por los kanguros, son animales terriblemente estúpidos, algo suicidas.» me indicó Collin desde el asiento del conductor. A su lado iba Helen, su pareja, que parecía no advertir mi recién estrenada presencia entre ellos. A los pocos minutos el coche paró, habíamos llegado a nuestro destino pero fuera no había nada más que oscuridad, nunca había visto una noche tan cerrada y eso no hacía más que acrecentar mi angustia. —¿Qué estoy haciendo aquí?—
Fue Cheryl la que inocentemente pareció rozar mi mano indicando una dirección y cierta empatía. La seguí a tientas hasta una casa grande de madera, o quizás fuera mejor decir que era un gran salón a cubierto, en el que debían haber unas cuarenta personas. Eran todos vecinos, todos granjeros, atendiendo a la propuesta absurda de un tipo con dólares tatuados en las pupilas que pretendía construirles un circuito de cross a dos palmos de casa. Lo curioso, a parte de que el proyecto se discutiera entre vecinos y no entre políticos, eran aquellos viejos granjeros y granjeras con acento nasal, tejanos demasiado anchos y grandes botas, que hablaban como doctores en letras con enrevesadas frases y un vocabulario exquisito. Ostia —pensé— ¿desde cuándo los granjeros tienen tiempo de leer a Shakespeare? Cheryl, Helen y Collin estaban a mi lado, una vez cerrado el acto con todos gritando «Nei» volvimos para el coche y hacia su casa.
—¿Qué estoy haciendo aquí?— Negro.
Amaneció sábado demasiado temprano. Mientras me desnudaba para entrar en la ducha caliente, podía ver desde la ventana del segundo piso el camino de grava por el que ascendía una figura agachada. Cheryl caminaba dudando, como si no supiera exactamente dónde iba a dar su siguiente paso. Siempre encogida, más del lado izquierdo que del derecho, con un brazo recto y el otro más cerca del cuerpo, avanzando hacia la casa desde algún lugar remoto y mitológico que aún no conocía. Yo soñaba con el mar, aquel Mediterráneo lejano que nunca existió, de casas blancas, gaviotas níveas, aroma a salitre y calles estrechas fluyendo desde la colina hasta la plaza de la iglesia. Aquel mar y aquel paisaje de nuestra memoria colectiva, ese lugar al que llamamos casa y país y que sólo es una idea de ambos. Yo soñaba aquel pasado infinito y libre y fácil y simple, en el cálido roce de una ducha de diseño en medio de una tierra llana y agreste.
Bajé a producir un desayuno cuando escuché una especie de campanilla, a los pocos segundos apareció Cheryl por el pasillo, era así como indicaba su presencia en la casa. Habían tres repartidas por el primer piso: una en la entrada principal, otra en la puerta trasera que daba acceso al lavadero y la última, al lado de la habitación de mis anfitriones. Cheryl tenía aquella forma de hacerlas sonar, un tirirín rápido y en tres gestos de muñeca secos que debía haber forjado con años de práctica. Rápido, fácil e indoloro. Precisión de cirujano. Aquel sonido decía mucho de Cheryl, muchas cosas que ella no expresaría abiertamente o tal vez ni supiera expresar. Aquel sonido hablaba de un silencio normal y ausente. Aquel sonido hablaba de la voz de Cheryl ahogada bajo el suave tintineo de una campanilla dorada.
Pasé el resto del día preparando el andamio al que habría de encaramarme para pintar la casa. No me hacía mucha gracia tener que pintar sobre algo tan inestable pero después de todo había venido para eso, pagaban bien, y no quería que las dudas inundaran mis pensamientos tan pronto. Basta. Necesitaba dinero, necesitaba que eso no fuera otro fracaso, necesitaba hacerme mayor de nuevo, hacer como los demás y ser responsable aunque estuviera terriblemente perdido. Taparnos los ojos a las dudas y avanzar a tientas, paso a paso, sin pensar en el abismo, al fin y al cabo ese parecía ser el único modo de vivir la vida, como decía Guido «hacia delante, siempre hacia delante». Así que continué trabajando, decidido esta vez, a pintar cualquier pared que se pusiera en mi camino.
A la hora de comer, sólo dos platos sobre la mesa. «¿Y Cheryl?» pregunté. «Ella no come con nosotros, come en su apartamento. Es que le gusta tener algo de privacidad.» dijo Helen. «Vaya» pensé «¿dónde estaría su apartamento?» Quería preguntar sobre aquello, las campanillas, sobre su amistad… pero no era el momento, tal vez nunca lo fuese. Me sabía más inteligente como para ser el primero en gritar que el emperador estaba desnudo, después de todo no había coro que me hiciera la réplica y era mi primer día de trabajo. Necesitaba el dinero, necesitaba que eso no fuera otro fracaso . Así que continué comiendo en silencio mientras intentaba, sin éxito, dejar de preguntarme hacia dónde se dirigía mi vida y qué demonios estaba haciendo yo en medio de la nada australiana.