Caos calmo - Antonello Grimaldi. (Fotograma)

Your ex-lover is dead

Antes de venir a Australia reuní apresuradamente unos últimos hasta la vista de los amigos y la familia. Fueron unos me voy algo precavidos, algo cobardes, por si no lo conseguía. Mejor quizás, que no lo supiera casi nadie. Recuerdo cuando Ester me dijo aquello de «está todo bien siempre que no sientas que estás huyendo». «Siempre estamos huyendo de algo» contesté, moverse —pensaba— era mejor opción que quedarse quieto. Quizás sea que ahora soy más consciente de lo que me persigue o lo que me persiguió hasta aquí, quizás por eso viajamos, para entender el alcance de nuestros miedos aún sabiendo que viajamos siempre con ellos.

Desnudo, ya en tierra de nadie, podía ver lo delgado que estaba y entender del modo difícil, leyendo mis propios huesos, la historia de aquellos naufragios. Volver a empezar es fácil cuando tienes quien te soporte, alguien que repose su mano en tu espalda y te abrace, alguien que de sentido a lo que te rodea.

Siempre había tenido esa locura en la cabeza, la de volver a empezar, la de dejar todo lo que no funcionaba atrás y esperar que en lo nuevo algo lo hiciera. Miedo, —Ella lo supo durante todo aquel tiempo— a fin de cuentas sólo era miedo. Un estúpido miedo al pasado y a sus errores, un miedo al presente, a un presente normal como el de cualquiera, a cerrar la puerta del todo y decir aquí me quedo. Y en este juego de perseguir y perseguido, en el descubrir los miedos y su causas, es mejor no alejarse hasta quedarse solo. Un hombre es valiente cuando se le permite serlo, en la soledad, cuando es más necesaria, ya no hay valentía alguna, sólo miseria.

En Caos Calmo, Nanni Moretti deja de trabajar en su oficina y decide pasar sus días esperando en el parque a que su hija salga de la escuela. «Hoy te espero aquí, hasta que salgas papá estará aquí. No me muevo ¿vale?» Y así pasa sus días y sus meses en una especie de limbo o purgatorio, inmóvil, sin encontrarle sentido a la vida porque no es capaz de llorar la muerte de su esposa. Yo había venido a Australia luchando contra aquel no me muevo, sin darme cuenta de que quizás, había traído también aquel parque conmigo.

Y entonces llega un punto en el que no te quedan palabras y ves que del lugar del que habían salido ya no hay nada. Seco, no sabes qué decir y parece que el mundo sea un lugar aún más vacío, más sinsentido, y sólo queda aquel dejar llevarse por la corriente, flotando, dejando atrás aquellos recuerdos que te hacen sentir menos vivo y dicen que te falta algo, y esperar así en el parque a que tu hija salga de la escuela, esperar al día en el que lleguen las lágrimas y lo comprendas todo, cuando te alcanza la absoluta certeza de que esperar, ya no hay que esperar por nada. Es la postura del sabio, resignarse a uno mismo y al no entender que está sucediendo, bajar los brazos y dejarse ir, decirle al mundo ya basta, no juego, acabar llorando y levantarse de nuevo.

Caminaba hacia la playa y pensaba en mi momento de abandonar el parque, de llorarle el último adiós al pasado y dejar de añorarlo. Aprovechaba la inercia del tiempo y el estar en un mundo nuevo para intentar transformar nuestra historia en un recuerdo asumible, esperando ver cómo la vida podía abrirse paso en una maravillosa incógnita. Eso sí que daba miedo, estar en el fin del mundo y pensar en su principio. Después de todo seguía siendo un necio, la idea de un pasado perdido aún me parecía mucho más bonita que la de un futuro incierto.