Habrían pasado unas dos semanas desde que llegué a Bannister. Mi resolución inicial se había ido disolviendo con los días y la pirámide de Maslow indicaba que era el momento de preocuparse por otras necesidades. Yo no sabía muy bien que necesitaba pero era muy consciente de lo que carecía. Había fantaseado varias veces con un ejercito infalible de psicólogos y personal de recursos humanos que conocieran todas las profesiones del mundo, que te dijeran «Hey por qué no pruebas esto? Seguro que se te daría genial.» Y te dejarían probarlo sin problemas y tú lo harías y se te daría genial de verdad y al menos por un tiempo, qué importa el tiempo, serías un poquito más feliz, saldrías de la miseria de una vida incierta que se mueve y camina entre el fango y las arenas movedizas. Hemos asfaltado tanto el fango que a muchos se nos ha olvidado que está ahí, debajo nuestro, lo sentimos, lo intuimos, y cuando damos un paso en falso es cuando nos damos cuenta que nos hundimos en una gran mentira. Pero de aquí, de esta vida, no se va nadie de rositas, todos nos ensuciamos tarde o temprano y creo que yo había venido a Australia para eso, para hundirme hasta el cuello en algo que desconocía, sin nadie cerca al que gritar ayuda, y en medio de todo aquello en vez de aprender a caminar yo caminaba hacia atrás y comenzaba a añorar lo bien que se estaba antes, trabajando desde una oficina, en un mundo mucho más Maslow, menos real, con los pies sucios, sucios, sucios, calentitos y ocultos en brillantes zapatos de diseño.
Leer más