Sunset Boulevard - Billy Wilder. (Fotograma)
Helen
Hice algunos intentos, tal vez dos o tres, de limpiar los platos después de las comidas y las cenas. «Nooo Jhhheernan» Así me llamaba Helen que parecía incapaz de silenciar la hache de mi nombre y siempre la aspiraba, arrastrándola lentamente pese a mis continuas correcciones. «Ese es trabajo de Cheryl, es lo que hace y es muy feliz de hacerlo. Es su trabajo, es su propósito ¿you knowwwww? Así se siente valorada». Y casi siempre acababa con esos you know arrastrados y trémolos para endulzar de viejecita sus exigencias. «Ya, pero en serio que no es-…» «Nooooo Jhhhhhhhernaaan. Eres muy amable, muuuuuy buena persona, pero ese es el trabajo de Cheryl. Déjalo».
Y yo lo dejaba, y al hacerlo no podía evitar una pequeña sensación de comodidad, tal vez por no tener que limpiar platos o tal vez por saberme privilegiado a través de la miseria ajena. No era bonito, no era agradable, pero lo menos que podía hacer era ser sincero conmigo mismo. Y en esa sinceridad de aquellos primeros días yo me conformaba y me decía «no puedes cambiar nada».
Había pasado mis primeras semanas preparando la casa para una mano de pintura que aún quedaba a años de distancia. El trabajo preparatorio era inmenso y cuando acababa con alguna tarea acudía a Helen, a quien siempre se le ocurría otra historia con la que mantenerme ocupado. No podía estar más contento con mis horas y con sus caprichos, que prometían beneficiar mis finanzas.
«Cuando acabes de pintar la casa he pensado que deberíamos construir un puentecito desde la veranda. Tú puedes diseñarlo. Conectará con mi jardín de primavera cuando lo hagamos y estará al lado de unos rosales que también quiero plantar. Mira, más trabajo para ti.» Me solía decir. Collin nunca decía nada ante ese tipo de disparates, al menos no delante mío, él conocía el valor del dinero.
No me fiaba mucho de las palabras de Helen pero en cierto modo resultaban reconfortantes, aún habría trabajo por un tiempo. Hasta entonces me mantuvieron ocupado raspando de los muros una especie de barniz desconchado por el sol, cincelado la madera podrida, dejado sin hogar a más de cien arañas, restaurado muebles en los días de lluvia, y lijando, lijando constantemente una casa que se hacía infinita. Estuve semanas con aquel maldito hormigueo en mis manos, trabajaba en compañía de aquellas vibraciones y aquel ruido constante de lo mecánico y lo eléctrico centrifugando mi mente hacia tiempos mejores. En la melancolía me encontraba mejor, prefería el zumbido monótono y reconfortante de la lijadora de mano al vacío que silenciaba, a la certeza de que ya no quedaba nada más por hacer, de que ya no se podía hacer nada.
Trabajaba entre recuerdos porque no podía trabajar en aquel presente, tal vez porque aquel presente sólo implicaba 20$ la hora y un futuro intangible. Decía Céline que invocar la posteridad es como dar discursos a los gusanos, y puede que tuviera algo de razón, sobretodo para aquellos que veíamos el futuro con demasiadas dioptrías. Así que en aquella mirada hacia delante, sin presente, sin futuro, huérfano de pasado, yo apretaba los dientes y le aguantaba la mirada al trabajo durante nueve, diez, o doce horas al día, preguntándome que dirían de aquello mis gusanos.
«Hey Cheryl» le dije un día que habíamos trabajado más de nueve, «déjalo ya, hemos trabajado suficiente ¿no crees?» «Ahh..umm.. no, no, lo siento Jhernan, no pararé hasta que Ellie o Collin me umm.. me indiquen que lo haga». —Cheryl siempre se dirigía a Helen en diminutivo.— » Ya, pero en serio, llevamos trabajado más de nueve horas Cheryl, tienes que descansar, yo estoy muerto y un poco hasta las pelotas de lijar ¿sabes?» «Oh.. no, no, gracias Jhernan».
Así que abrí la puerta de casa, dejé las cosas y le dije a Helen «Hoy lo dejo aquí si no te importa.» «Sí sí, hoy habéis hecho un gran trabajo, podéis parar por hoy claro, cuando quieras, esto no es un trabajo de esclavos you knowwww. No tienes porque hacer tantas horas» respondió desde el sofá. «Entonces le digo a Cheryl que pare también ¿no? Se lo he intentado decir pero no me hace caso.» «Oh, sí, claro, habéis trabajado bastante, dile que pare.» y volvió la vista hacia el televisor.
Salí de nuevo, triunfante y con una ligera sonrisa en los labios, como si hubiera conseguido una pequeña victoria para los indefensos o los niños en África que no tienen qué comer, y le dije a Cheryl que podía parar. Esta vez me hizo caso, dejó las cosas y desapareció por la parte de atrás. Entré en casa, me quité los zapatos, y en seguida escuché el tirirín de la campana dorada. Cheryl apareció a continuación y comenzó a poner la mesa, sin decir nada, bajo la atenta mirada de Helen.
Recuerda idiota. No puedes cambiar nada.
Helen —como decía Paul Simon— tenía diamantes en la suela de sus zapatos. Los había tenido prácticamente toda la vida. Fue adoptada de pequeña, en la posguerra, privada de un destino gitano y ambulante por una familia inglesa adinerada de esas de club de caza, aquellas con chaquetas rojas y múltiples propiedades. Helen pasó de la noche a la mañana de vestir oro chapado a estar rodeada de montañas de oro invisible. Aquel oro de los ricos, esa riqueza de la clase alta, menos vulgar, en la que el dinero no importa y se mide por cuántos cubiertos hay en la mesa y en qué orden están dispuestos. Aquel dinero que parece ser infinito y sale de la cueva de Alí Babá, sólo al alcance de aquellos que conocen la palabra mágica. Helen conocía esa palabra, nunca la había olvidado, había crecido siendo una niña mimada acostumbrada a dar órdenes, a estar cerca del poder y de lo que el poder compra, no conocía otro mundo o tal vez no quisiera recordarlo. La vejez sin embargo era algo nuevo. La tercera edad le dificultaba cada vez más el tirar de la cortina para ocultar sus miserias, y aquel vacío incipiente comenzaba a oxidar todo lo que le rodeaba. Al fin y al cabo, por mucho que nos vistan, todos morimos desnudos.
«¡Cheryl! ¡Cheryyyl!» gritó Helen. Tenía una manera horrible de pronunciar su nombre, como si un melón se le hubiera atascado en la garganta. Esa manera snob y altiva, con acento de taza de té y meñique estirado. «S..ssSi..¿Ellie?» respondió Cheryl. «Pon ese plato a un lado y lávalo luego, te has rascado la nariz antes de tocarlo. Ves y lávate las manos antes de seguir con la mesa» le dijo. «o..ohhkay..» Cheryl apartó el plato. «Collin, te puedes creer lo que ha hecho Cheryl, ¿cuántas veces se lo he dicho?» dijo Helen. Siempre hacía eso, con ese modo de reñir a Cheryl como si fuera un niño pequeño en la escuela, sin dirigirse directamente a ella, avergonzándola delante de los demás. «Tengo que estar siempre encima de ella, me pone de los nervios ¿you knowww?»
Cheryl desapareció encogida hacia el lavadero y Helen centró la atención en su perrita. «¿Looouuulaaaaa? ¡Ven, ven Loula ven!» Lola era una especie de chiuaua retrasado, de esos perros con pedigree y escasa variedad genética. Además, era el único perro esquizofrénico que había visto en mi vida. El primer día me la presentó con un «Esta es Louuuula» y cuando yo contesté con acento español «Ah, Lola, ¿no?» ella replicó «No, Louuuuula, Louuuuuula». Como si yo tuviera algún tipo de discapacidad. No dije nada más, Helen no era del tipo de personas con las que discutir, lo entendí justo en aquel instante.
«Louuula» continuó llamándola «ven, ven. ¿Louuuulaaaaa? ¡¡Loula!! ¡Ven! ¡Siéntate! Buuuueeena chicaaaaaa.» Nunca antes había escuchado tantos estados de ánimo en una misma frase. Voces infantiles, juguetonas, curiosas y furiosas cupieron en esas palabras. «Es mi pequeño bebé, mira, mira.» Y sostenía al perro como si fuera un recién nacido. Puse cara de poker y mientras hacía esfuerzos titánicos para articular un simple «he h-…» me preguntaba qué vida habría llevado esa mujer para llegar a tratar a un perro como un humano y a un humano peor que a un perro.