La nona - Nicolás Alejandro

Cheryl II

Habrían pasado unas dos semanas desde que llegué a Bannister. Mi resolución inicial se había ido disolviendo con los días y la pirámide de Maslow indicaba que era el momento de preocuparse por otras necesidades. Yo no sabía muy bien que necesitaba pero era muy consciente de lo que carecía. Había fantaseado varias veces con un ejercito infalible de psicólogos y personal de recursos humanos que conocieran todas las profesiones del mundo, que te dijeran «Hey por qué no pruebas esto? Seguro que se te daría genial.» Y te dejarían probarlo sin problemas y tú lo harías y se te daría genial de verdad y al menos por un tiempo, qué importa el tiempo, serías un poquito más feliz, saldrías de la miseria de una vida incierta que se mueve y camina entre el fango y las arenas movedizas. Hemos asfaltado tanto el fango que a muchos se nos ha olvidado que está ahí, debajo nuestro, lo sentimos, lo intuimos, y cuando damos un paso en falso es cuando nos damos cuenta que nos hundimos en una gran mentira. Pero de aquí, de esta vida, no se va nadie de rositas, todos nos ensuciamos tarde o temprano y creo que yo había venido a Australia para eso, para hundirme hasta el cuello en algo que desconocía, sin nadie cerca al que gritar ayuda, y en medio de todo aquello en vez de aprender a caminar yo caminaba hacia atrás y comenzaba a añorar lo bien que se estaba antes, trabajando desde una oficina, en un mundo mucho más Maslow, menos real, con los pies sucios, sucios, sucios, calentitos y ocultos en brillantes zapatos de diseño.

Aquellos días Helen y Collin estuvieron ocupados preparando unas ponencias sobre energía eólica. Hacía pocos años que el gobierno había colocado varias turbinas cerca de su casa y de las de otros granjeros, ahora, ese mismo gobierno planteaba un debate sobre la aprobación de un nuevo parque eólico en la zona. Todo ese jaleo había hecho que varios granjeros en la temprana tercera edad decidieran desempolvar sus panderetas y días de activismo que nunca existieron, conmemorando aquel Vietnam o el Mayo Francés al que seguramente no hicieran ni caso preocupados por su salir adelante en un lugar tan remoto. Conocían el espíritu, pese a todo lo conocían igual que lo conocemos todos, es un grito compartido ante la injusticia, un formar parte de lo que es humano, un no entender por qué está pasando lo que está sucediendo. Helen y Collin formaban parte de aquella indignación en la medida que les afectaba a ellos y a la posible devaluación de su propiedad, su grito era un grito más egoísta y mezquino que el de los demás pero no así menos justo en su reivindicación. Tal vez por eso el mundo había cambiado de ese modo, quizás fuera por cosas así que nuestras panderetas continuaban cubiertas de polvo.

Yo seguía con mi trabajo en la casa, cara a la pared y con el infinito bush australiano a mis espaldas. Recordando mi vida y a los míos contaba aquellas horas que parecían apoyarse sobre mis hombros suspirando en mis oídos momentos olvidados. Aquello era un constante enfrentarme a mi mismo. Hay días en los que a nadie le apetece mirarse en el espejo.

Una tarde estaba limpiando la veranda cuando Cheryl se me acercó «¿Perdón Jhernaan?» —Siempre interrogaba cuando se dirigía a alguien.— «Dime Cheryl» «¿Puedes por favor pasarme aquella bolsa de ahí d-donde guardamos la basura, esa con los dos círculos concéntricos?» Tardé un segundo en entender a que bolsa se refería. Sí, en la que guardamos la basura que escupían las paredes viejas, esa con el punto rojo. Un momento. ¿Círculos concéntricos? Le pasé la bolsa algo asombrado, ¿quién coño usaría la expresión círculos concéntricos cuando podía decir punto rojo? Después de todo eran en verdad dos círculos concéntricos rojos con un gran punto del mismo color en el medio. ¿En serio Cheryl? Te estás quedando conmigo ¿no? —pensé— Y la continué mirando, encogida, casi con la espalda rota, recogiendo con las manos los restos de viejo barniz desparramados por el suelo que habíamos estado raspando del muro.

Ese mismo día Helen le ordenó cepillar a los caballos. Me ofrecí para ayudar así que Helen le ordenó también que me enseñara cómo lo hacía. Bajamos hacia el recinto circular a pocos metros de la casa y Cheryl me explicó cómo cepillarlos «Lo más importante es cepillar fuerte para que no piensen que eres una mosca y se pongan nerviosos. Los caballos odian a las moscas, les resultan muy molestas, es por eso que tenemos que cepillar así. Mira, si les tocas aquí cerca de la espalda es una señal de cariño en su lenguaje corporal. ¿Sabes que los ojos de los caballos están separados porque han evolucionado como un animal de presa? Y sabes que-..» Wow, eso si que no me lo esperaba, Cheryl era una maldita enciclopedia ecuestre. Y no sólo eso, el lenguaje que usaba era técnico y cuidado, y ya no se tropezaba con las palabras. Comencé a cepillar un caballo como me había enseñado, era bastante entretenido aunque me parecía algo absurdo cepillar a un animal que no hacía nada en todo el día. Aún así aprendí cosas interesantes de Cheryl, cosas que escondían sus palabras y su manera de hablar, como cuando mencionando la edad de un caballo deslizó que en aquel año se había mudado a casa de Helen. De eso hacía cinco años. Aún desconocía el porqué de todo aquello, de como la trataban y cuál era su historia, pero estaba contento, sabía que para ella era difícil soltarse y tomé aquel momento como un regalo. Era un pequeño paso, aunque no suficiente, para preguntarle algo que me perseguía desde el primer día y que había reformulado al conocerla. «Cheryl, ¿qué estamos haciendo aquí?» Pero lo dejé ir, y me quedé en silencio, escuchándola hablar.

Al poco tiempo el sonido de un teléfono móvil interrumpió el discurso de Cheryl. Era más bien una de esas melodías que venían por defecto en los teléfonos que no eran smart, una pieza de música clásica alegre y cantarina que procedía de la riñonera negra que rodeaba siempre su cintura. Después de responder, Cheryl volvió a dirigirse hacia mi con un sencillo «La cena está lista» y ya no dijo nada más.

«Te acuerdas Jhhheernan que el miércoles vamos al encuentro sobre esas cosas ¿verdad?» me dijo Helen mientras cenábamos, y señaló hacia fuera. «No, la verdad es que lo había olvidado. Soy algo malo para estas cosas. Si puedes recordármelo el día antes se-..» «Te lo estoy recordando ahora por algo ¿you knowwwww? El miércoles, a mediodía.» «Ya..» No hubo invitación, con ellos nunca la había, era todo una asumida sumisión a su modo de hacer, pero no dije nada, creo que pillaron el mensaje y después de todo tenía mucha curiosidad en ver a los granjeros en pie de guerra. Aquello era un evento excitante en mi rutina y además algo que nunca hubiese pensado presenciar en un trabajo que se las prometía de lo más simple y aburrido.

La reunión se celebró en una parroquia local con té y dulces para todos. En un lado de la sala se sentaba una comisión que tendría que recomendar o no la aprobación del proyecto propuesto tras escuchar las opiniones de los registrados, en el otro, los ponentes esperando por su turno y el público en general, es decir, yo. Todo aquello fue un poco tostón, no parecía haber nadie a favor de la propuesta pero todos parecían rendidos a lo inútil que resultarían sus palabras. Aunque los portones estaban abiertos hacía calor, levanté la vista y vi grandes ventiladores que colgaban del techo como si fueran arañas esperando a alguna polilla perdida. Me imaginé el intenso calor que el verano debía traer a un lugar así, un calor insoportable, colonial, que debía fundir aquel pueblo en el silencio más absoluto, un calor capaz de cambiar a las personas y volverlas más lánguidas, como fantasmas. «Al menos os escuchan o lo hacen ver» les dije, «en mi país olvídate, ¿y con bizcochitos y té gratis? Ni en sueños». Y casi en sueños pasé los últimos minutos cuando me di cuenta que la siguiente persona que se acercaba al micrófono para hablar tenía un andar torpe, como si todo aquello no fuera con ella.

El discurso de Cheryl duró unos cinco minutos. Era costumbre que al hablar el ponente se pavoneara de sus logros académicos y profesionales (el estatus, cuando se vive rodeado de maleza, lo es todo), lo que nunca esperé escuchar de Cheryl fueron las palabras «Soy titulada en matemáticas aplicadas». «Genio» —pensé— «puto genio, brillante». Me creí a Cheryl en aquello y aún hoy estoy convencido que decía la verdad, pero sus siguientes palabras me hicieron sospechar y me oscurecieron el ánimo. Cheryl dijo que aquellas turbinas no la dejaban conducir, dijo que las ODIABA casi dando un golpe sobre el atrio con aquellas manos de topacio. Todo se volvió demasiado sobreactuado, con demasiado énfasis, demasiada rabia. Aquello no eran nervios, símplemente no era verdad. Puede que su título en matemáticas lo fuera pero sabía que a Cheryl no le permitían conducir, sabía que ella no había escrito nada de aquello. Lo que no me imaginaba era que fuera capaz de mentir de aquel modo tan efusivo, pero ahora, recordando, pienso que tal vez fuera su único momento de verdadera rebeldía. Si yo no había tenido elección en ir, ¿habría tenido ella elección en decir aquello? Tal vez el énfasis y la rabia eran su único modo de reivindicarse como individuo, como ser humano, de coger la pandereta por una vez y como hacían los franceses de aquel mayo loco decir «Exagerar, esa es el arma».